Muchas veces nos preguntamos cómo podemos alcanzar la libertad, esa tierra prometida a la que se supone todo ser humano quiere llegar desde tiempos inmemoriales, y cómo puede ser que después de tanto tiempo de búsqueda, nadie la haya encontrado, o nadie pueda afirmar que la ha vivido, quizá es que la libertad no es un estado permanente, quizá simplemente es un sentimiento momentáneo, en cuyo caso, si puedo afirmar haberla experimentado muchas veces.
Como cuando estoy en una fiesta y de repente noto esa conexión sexual con alguien y esa mirada ardiente entre ambos, que indica que nos vamos a comer, y puedo tomar la decisión de hacerlo o no hacerlo, y miro a mi alrededor, y pienso en qué pensará la gente, en qué pensarán los demás cuando la semana pasada follé con otra persona, y otra vez las putas dudas.
Entonces me doy cuenta que ni siquiera soy libre dentro de mi cabeza, que yo quiero echar un polvo y tengo las voces de todo el puto mundo retumbando en mi cerebro; y me acuerdo de aquella vez con 18 años en la que me vi expuesta a juicio público porque había tenido relaciones sexuales con muchas personas (parece ser).
Me paro a reflexionar (y siempre me pasa lo mismo antes de dar un paso más para volver a experimentar la auténtica libertad) sobre los prejuicios a los que me enfrento constantemente y a los que todas y todos estamos sometidas, y vuelvo a recordar, aquella vez que me acosté con un ex de alguien y ese alguien se enfadó, y para mi sólo fue un rato de libertad, un momento de escapar de todo, de encontrar un pequeño lugar en este mundo en el que nada más importa, y ya está, una conexión corporal momentánea que me da vida suficiente para seguir viviendo, un éxtasis que es como una droga, la verdad.
Cuidado con esta última afirmación, pues entramos en el terreno de la patologización de cualquier conducta, la adicción al sexo, en cuanto reconoces que algo te gusta tanto como podría gustarte una droga, ya parece ser un problema. Pero el problema con las drogas, siempre comienza cuando nos impiden hacer otras cosas, o cuando nos acercan peligrosamente a la muerte, mientras tanto, no son problema; porque tu puedes beber alcohol todos los fines de semana, una cerveza cada día después del curro, o fumarte un paquete de tabaco al día, o fumarte un porro de vez en cuando, y ponerte hasta el culo de coca los sábados por la noche, que si el lunes a las 9 estás en tu puesto de trabajo y no te mueres de una sobredosis, no pasa nada, ahí las drogas no son problema. Ah pero con el sexo no, el sexo no se puede comparar con una droga, puedo beber alcohol todos los putos días pero tengo un problema si quiero echar un polvo todos los sábados por la noche.Volviendo a mi adicción y mis ansias de libertad, desde luego puedo jurar que alcanzo esta última cuando estoy tocando otro cuerpo tan cerca que no hay casi distinción entre yo misma y otra persona (o personas), ese momento de complicidad que puedo alcanzar con conocidas y desconocidas, me parece la expresión máxima de libertad, mostrarte tal cual te sientes, dejando el instinto salir al 100%, desconectando de todas las ataduras sociales y culturales, durante unos minutos (u horas), ser totalmente real, sin máscaras ni tapujos.
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